Me dijeron que eso de narrar en tercera persona es de cobardes. Qué sé yo, pero bueno. A la hora del brunch llevé mi culo al bistró. Aunque para mí el brunch no tiene hora. Brunch, qué palabra más ridícula. Muy bien puede joderse la hora del té. En fin, al bistró, en el bistró, la mesa de siempre, incómoda en todo su esplendor.
Pedro se acercó, con la mancha de mostaza que no sale del delantal, el bolígrafo en la oreja, "hola ¿espresso igual o pa' después?", espresso pa' después. Los ejecutivos absortos en sus iPads, en sus Macbooks Pro (¿o es en sus Macbook Pros?), comiendo inercia.
Entrada: un coñazo en la rodilla y ensalada césar con pollo. Plato principal: milanesa con arroz porque soy aburrido. Bebida: el agua que me traje. Postre: ninguno porque no me alcanzó. Un libro de Chaparro Madiedo que no he empezado a leer porque ya no soy un lector acérrimo. Con un cuarto de milanesa fría y muerta en el plato no llegan las ganas de abrir el libro. ¿Desde cuándo esta pereza? Y fue en la mitad de esa pregunta en la que, por suerte o mala suerte, subí la cabeza. La vi por la mitad, con la oreja llena de piercings y un tatuaje en el hombro, la vi por la mitad detrás de un florero.
Bebía un blend sin azúcar, así lo decidí porque no encontré las bolsas en la mesa. Lamía el vaso antes de cada sorbo. La sombra de sus párpados era un abismo parlante, invitándome a morir. Miraba hacia abajo, lamiendo y deslamiendo su té. Una tarta de chocolate que había olvidado probar. Un cenicero prohibido porque afuera ya no se puede fumar. Nunca antes una mujer con una flor en la mitad de la cara me había cautivado así. Así, sentada, con un mechón absurdo tocándole la nariz. Quise gritar, como los locos en la calle cuando recuerdan que pueden amar.
Dejó el blend. Se incorporó un poco en su silla, sonaron sus tacones. Algo subió y apareció por detrás del florero, al lado de los girasoles. Un libro de un tal Kundera. No sé quién es, pero quise leerme todo lo suyo en un balcón. ¿Será que narra en tercera persona? Se reía sola, sola hacia sí misma, sola y muda, y volvía a lamer el borde del vaso. Una brisa insolente se paseó por la terraza del bistró y con su ola movió los girasoles del florero y con ellos otros mechones de su estúpido cabello se arrastraron por su cara. Creo que me enamoré en ese momento. No sé si de ella pero sí del suspenso, de su voz imaginada y de las manos que nunca me tocarían. Quise acurrucarme en la noche de su cabello y cogerme a las estrellas.
Abrí la tapa del libro para hacerme el interesante y una taza blanca invadió mi mesa, un clank y "el espresso pa' después" dijo Pedro. Abrí la tapa del libro, eché tres azúcares al café. No pude leer. En mi periferia vi su cara subir, su ojo mirando al frente. Maldito florero. No pude evitarlo, tenía que conocer el dolor de ver su otra mitad. El Dios que no existe creó un color nuevo en su ojo, y todo el bistró se hizo blanco y negro, como si Dios fuera Godard.
Sonó alguna canción ahogada desde su mesa, el teléfono móvil llegó a su oreja. Pedro le dio la tarta para llevar, volví a escuchar sus tacones, listos para escaparse corriendo o tal vez caminando desde la sala hasta la terraza del bistró, listos para dejarme muerto. Bolsa al hombro, cabello en la cara, un olor que me inventé y que me llegó para recordarla unos días. De mi plato muerto salta con el viento un grano de arroz, y ya no puedo ver nada. Salió, sin percatarse nunca de mi existencia, con su ropa negra, matándome con su olor que me inventé. Asesina hermosa de media cara de girasoles, matona. Absurda abusadora violadora de paz.
Me hace reboot el ojo y ahora puedo ver en 360p, borroso como el mañana. Se fue con su libro en la manito, a comprar algo, tal vez a su casa, quizás al Metro. Se fue, tal vez, a los brazos de alguien; y eso me dolió. Desde la terraza del bistró dejé de verla, y la hora del brunch cobró cierto sentido. Me llevé el espresso a la boca, estaba frío. Pero es mi culpa, ¿y qué hago? Si jamás me había pasado algo así. Lo más cercano había sido el asco que sentí en mi primer beso, a los ocho años, cuando la hija loca del amigo loco de mi papá me cogió la cara y me lamió por todos lados.
De ahora adelante en esta terraza las cosas se sirven frías. Como el café. Como la brisa de la noche que jamás oleré en su cabello.
Abrí el jodido libro. Comencé a leer. Narrado en tercera persona.
Desde hoy en esta terraza las cosas se sirven frías, se toman frías, como el desamor de los cobardes a la hora del brunch.
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