viernes, abril 04, 2014

Arte marcial en la capital


    Seis de la tarde. Apago el computador. Son nueve pisos hasta la planta baja. Viernes. Motorhead en los audífonos. Camino. Acera. Rayado. Parada. Camionetica. La California, canta el chofer. Es Caracas a las seis y quince pe eme. Cuatro de abril. Dos mil catorce.
     Digamos que el primer recuerdo que tengo de mi vida es violencia pura. Desgarradora. Violencia interna. El dolor de hernias inguinales a los tres años más o menos. Luego de eso no recuerdo exactamente qué es lo más lejano que puedo imaginar sobre mi vida antes de los siete años. Soy del 23 de Enero, a los tres me mudé (mudaron) a El Valle. Estudié en un buen preescolar, eran otras épocas. Me gustaban los perros. Mi perra murió cuando yo tenía catorce. Más hámsteres que balones. Dos periquitos que me robaron.

     La primaria la compartí entre Coche y El Valle. Tres años en el Luisa Cáceres, el resto en el San José. En esos momentos mi papá manejaba un taxi, un Dodge Dart que muy bien parecía una lata de Pilsen con motor. No eran tiempos fáciles. Nunca fui un niño exigente, nunca pedí nada. Una vez me dejó el transporte escolar y tuve que caminar desde el puente de Coche hasta mi casa en El Valle. Por imaginarlo: la distancia entre "uf" y "me duelen los pies". Mi abuela casi murió del susto. Era demasiado tímido para hacer autostop o pedir dinero. Me torcí un tobillo. Acaricié al dálmata de los bomberos.
    Un niño sencillo. Un Nintendo y TV. Dibujos de Dragon Ball, Pokémon, Meteoro. Tazos y escasas palabras. Un acuerdo entre mi papá y las monjas del colegio para que me dejaran estudiar pagando un monto más cercano a limosna que a mensualidad. El liceo. En Fuerte Tiuna. Francisco de Miranda. Militarizado. Pago pero económico. Nunca llevaba dinero salvo para un jugo. Terrible en fútbol, en béisbol, en básquet. Compañeros de Las Mayas, Coche, La Bandera, El Cementerio. Yo ahí por elección, ellos por imposición. A crearse disciplina. Mentiras. La voz de malandro no se quita. No se les quita. Casi se me pega el acento. Mi tío me obliga a darme cuenta de que ese no es el camino. ¿Ya dije que fueron sólo dos años? Bueno, sólo dos años. Tercer de bachillerato. Colegio Fe y Alegría, marca registrada del malandreo y almas en pena. Avenida Victoria. Más violencia verbal. Cigarros. Pistolas. Liceo mercantil. Una noviecilla. Mitad de cuarto año y decido salirme.

     Final de bachillerato, colegio Nuestra Madre. Tres cuadras más abajo del Fe y Alegría, es un colegio pago. Malandros que pagan. No es muy distinto. Los del Fe y Alegría bajan a robar a los de mi nuevo colegio. A mí no me hacen nada, "me conocen". Me roban demasiadas veces en la avenida. Rateritos comunes. A uno le sigo la corriente con un "sí chamo, cartelúo". Me corrige, que no diga esa palabra. Me siento idiota. El mimetismo falla. Adiós dinero. Meses después son dos motorizados. Aceras afuera de la UCV. Yo busco información de las carreras. Coñazo en el pecho. Chao teléfono Motorola Razr V3.
     Vivir en El Valle te hace andar en alerta roja. Mi abuela, con mano dura, no me deja mezclarme con las malas juntas del bloque. A muchos los matan en la puerta de la residencia, en los alrededores, en el centro comercial. A tiros. Muchos años aprendiendo a escaparme de los malandros. Corriendo. Siguiendo la corriente. Coñazos en los cibercafés. Gente que vas conociendo y te defiende. Ya me había escapado de balaceras. Una de ellas en el C.C. El Valle. Quiero ir al cyber a jugar Counter-Strike. Rush B cyka blyat. Llegando, un tipo sale corriendo de una esquina. Otro lo persigue. Seis balazos de revolver por la espalda. Todo frente a mí. Estoy vivo.

    Demasiadas situaciones para contar. Mi novia es (era) de Catia. Me muevo de un barrio a otro. Amor. Coito adolescente. "Por cuca nadie se ha muerto", me grita un loco frente al hospital Magallanes. Ir con el dinero justo. Nunca llamar la atención. 

    Protestas del 12F. Dos mil catorce. Protestas del 13F. Me uno. No se me salen de la cabeza la cara de Bassil ni la de Redman. Protestas del 14F. Me voy a primera línea. Señoras y niños atrapados por el gas. Los socorro a medias. Mi vida incierta. En Bello Campo nos descargan una pistola. Estoy vivo.

    Van cinco días. No me he bañado. No he comido bien. He dormido en el suelo, muebles, incluso sobre el mismo sudor de mi alma. Mi abuela viene a mi mente. Una señora firme, que lo ha dado todo. No estudió. Me destajó las piernas a correazos cuando me robé una Ovomaltina que no me quiso comprar. Uno aprende a hacer el bien, aunque sea por las malas.

Problemas de salud me hacen irme de las protestas. Hay miedo de cáncer.

No, no es cáncer. Dice el doctor. Ah, menos mal. ¿Y ahora?

    Es Caracas, seis y quince de la tarde. Voy a comprar unos libros, me digo. Camino. C.C. Líder. Treinta minutos, me llevo dos. Poemario y novela. ¿Cojo camioneta o camino al Metro? Al Metro, mejor. Puerta del C.C., me llevo el teléfono a los bóxers. Va entre mi pierna y mi testículo. Por si acaso. Camino. Acera. Dos Rayados. Mitad de vía, mitad de reja frente al Unicentro El Marqués. Un tipo por la izquierda, a cuarenticinco grados. Otro por la derecha. Me tocan. El celular o te mato, me dicen. Dame todo o te mato. Dale un tiro, le dice el de la izquierda al de la derecha. Cientos de personas, más de las que puedo contar, lo ven todo. No hacen nada. Es un show. Nunca hablo, no digo nada. Me hago el sordo. Estoy sordo. No quiero escuchar nada. Que me quiten todo. Si me matan, que me maten. No me importa. Pero sí me importa.
    Me quitan el iPod. Me dejan los audífonos. Me quitan el dinero, me dejan la cartera. Me quitan el bolso, se llevan dos libros en él, mi cargador, papeles, notas, bolsas de chucherías, las llaves de mi casa. Chao Benedetti. Chao Del Toro. Chao, condón Durex.

"Dale un tiro". Mátame, pues, pajúo. ¿Importa?

    ¿Y si los mato yo a ellos? Mano abierta a la yugular. Dedos a los ojos. Puño frontal al plexo solar. Patada a la rodilla. Qué coño sé yo. ¿Qué hago? ¿También puedo matar? ¿Quién soy? ¿En qué me ha convertido esta ciudad? (Abuela, pienso en mi abuela).
    Se van. Caminan tranquilos. Es una amenaza con atraco tan calmado como el ronroneo de un gato. ¿Esto era así antes? ¿Y los coñazos? ¿Y la parte en la que me escabullo y corro? ¿Y todo lo que aprendí de niño y adolescente? ¿Ya no me importa nada?
    Todavía tengo el poemario y la novela. "La canción del barrio", Evaristo Carriego. "A la cara", Christa Faust. A Dios le gusta el drama.

¿Y el karma? ¿Y la justicia universal? Yo no he hecho nada.

Camino. Acera. No más rayados. Violencia contenida en las palmas. Un borboteo hirviente en el corazón.
 
    Uno va por ahí dándose coñazos con las aceras, con los semáforos, con los vagones, con el esmog, con desconocidos y con conocidos y con uno mismo. Uno se da una buena tunda de patadas en la cara y en el culo, una lucha diaria con el cemento, coñazos a todos lados para terminar desvalijado como un pendejo.
 
    Caracas debería dar cursos de krav maga de nacimiento. Siento que estoy en un campo de entrenamiento para el infierno desde 1999. Dichoso de seguir respirando. Con el mentón erguido. Con el asfalto del ser bien desgastado.

Creo que vivo en un panfleto de agitprop.

Caracas. Viernes. Cuatro de abril. Dos mil catorce. Seis y cincuenta y cinco de la tarde. Se va el sol.

¿Cuál de todos será el último golpe?

O el último balazo.


domingo, enero 06, 2013

Amarviolento

    De vez en cuando me digo coño, uno debería tener conversaciones con su cerebro, como para decirle epa mira, ya déjate de eso ya. Pero cómo voy a tener conversaciones con mi cerebro en las tardes si en las tardes es cuando más me muero. En las noches también, después de las diez. Cuando me siento a rebanar las ideas y las imágenes de miradas de otros días que tengo guardadas para reseñar.  Mejor me hago un café, con ron. Hoy le digo aquello.
    Después del rebanamiento fui a parar al apartamento de María Clonac. Cuando me abrió la puerta salió un olor a ropa interior y eructo. Olor a estoy sola en mi apartamento. Detrás cuak cuak, el loro que hace como pato, ja ja je ji. Loro de mierda. Qué te sirvo dice la Clonac, agua basta le digo a la Clonac. Ay vale, qué agua, tómate un vinito conmigo, pero del rosado porque el tinto es mío. Ja ja je ji, maldito loro, es como si riera de mí. ¿Cómo se porta la moto? Le pregunto y ella se rasca una teta y me dice, oliéndose el pelo, bien ya terminé de pagar. La alfombra huele a moho, a sudor y eructo. A estoy sola en mi apartamento con moho, sudor y eructos.
     María, ese loro ¿es nuevo? Cómo se llama. Cuak dice el loro y ella: se llama Cuak. Vámonos a Margarita, me dice a través de su pelo negro sin lavar. Hasta caminando, le digo yo, pero en mi cabeza. Hasta caminando. Anda vámonos a Margarita repite y le digo caminando será porque no tengo carro ni real. En la moto pendejo, hasta Puerto, yo pago los pasajes. Y yo no qué pena bueno ok. Hablamos de ir a playas vírgenes a drogarnos con el aire y comer tripa'e perla en las aceras y hacer el ridículo en las noches persiguiendo ranas y caminar en la arena como en las pelis de L.A.
 
     María Clonac. A veces ni a la cara te puedo mirar. Entonces te miro el tatuaje del hombro y los piercings de la oreja y cómo te cae el pelo negro sin lavar en el hombro y en los piercings de la oreja. Vámonos al mar a morirnos Clonac. Cómo va el dibujo y la dibujadera pregunta. Buena buena, le digo, buena. Ah, ella. Ah, yo. Ah... el loro.
    Entonces se nos acaba la conversación y pienso mierda, no le voy a poder decir lo que quiero decir. Enseguida se para con una mano en la otra mano moviendo su ropa interior celeste y su camiseta militar y pone Smashing Pumpkins. Y yo fuck, no. Se voltea y canta y se rasca la otra teta, try, try, try to hold on. Cuak ja je ji.
     Ella baila la voz de Corgan con un cigarro en la boca, haciendo un supina con los ojos en el techo dando vueltas sobre sí y me digo a mí mismo ay carajo. Y se estira y se le estiran las costillas y le suena la espalda. Del pasillo no llegan luces, quisiera prenderlas todas mientras la llevo a su cuarto a darle con el demonio en su demonio y decirle María, Clonac, te amo. Tonight, tonight, tonight. María, Clonac, tonight tonight tonight te amo y tomorrow también. Billy Corgan al fondo. Pero no pasa.
     Se baja cuatro cajas de Astor y ya se va terminando el disco compilado de cuando tenía dieciséis e iba al Cristo Rey. Me dice ay pero me quiero mudar y yo le pregunto ¿a dónde María? Y dice no importa mientras el edificio sea viejo y haya amor y un Farmatodo cerca. Y yo digo bueno vámonos al mar. A la mar a amar. Cuak ja je, el loro. María hoy te lo digo. Disarm you with a smile and cut you like you want me to.
 
     No quedan más Astor y me sobra el amor y me dice epa vámonos te llevo a tu casa, nos tomamos algo por ahí y te llevo a tu casa. Entonces saca un pantalón detrás del mueble y unas botas detrás del televisor y un casco del pasillo sin luz y unos guantes del culo será porque ni me di cuenta. Me dice vámonos y yo ok vámonos te amo. Qué. Nada vámonos. Ella abre la ventana, para que coja aire esta vaina, pero nadie apaga el reproductor. What's a boy supposed to do, the killer in me is the killer in you, my love. Y Corgan se queda cantando solo, solo con el loro. María pisa con su dedo el botón que se vuelve anaranjado y no pasa nada. La moto escupe un ruido y no pasa nada. Nos miramos y no pasa nada.
     María, yo me voy al metro. Pero ella no no no vamos me voy a tu casa a ver pelis de L.A. y yo fuck, ok. Cuak desde lejos ja je ji, desde lejos pero cerca, como si lo tuviera puesto en la cabeza. Compartimos mi último Lucky Strike y hablamos del colegio y de quemar discos, pero se nos vuelve a acabar la conversación. A lo lejos vienen tres homo erectus que ya no estaban tan lejos cuando le dijeron coño mami dime quién te coge. Y de la nada estoy entre ellos y ella y el loro, que había salido por la ventana y se cogía del cabello negro de María y yo fuck, aquí fue.
 
     No era demasiado tarde, quizás las diez de la noche cuando dejé de conversar con mi cerebro y con María. María gritaba déjenlo en paz y el frío se me metió por la barriga, y otro frío en la barriga y otro y otro y otro. Me tengo que sentar. Entonces se calentó el piso y se me calentó la espalda, y María con su pelo negro sin lavar se arrodillaba a decirme no no no no no no no. No no. Ja ja ja je ji.

    María María, el loro se acaba de ir volando, María. Te quiero decir algo María -escupo y toso- Clonac. Y ella no shh no cállate y me entran sus lágrimas saladas en la boca. Seis piernas corren y se ríen y el loro se ríe pero no sé dónde está. Y me dice cállate, ¿nos vamos a Margarita? Dime y yo digo sí mi amor a Margarita. Le digo María te quiero de-decir algo-go y tartamudeo como en una muerte de Tarantino. Entonces ella me pone la cabeza en sus piernas y dice shh no no cállate piensa en otra cosa.

Te amo tonight tonight tonight y tomorrow también.

    ¿En qué María? pregunto. En Margarita dice. Estoy pensando algo lindo, María. En qué, me pregunta y le digo en el mar, en amar, ¿te llega ese olor? Le digo y ella ¿no, a qué huele? Entonces respondo: A mar, amar violento.

domingo, noviembre 25, 2012

Desamor casual detrás de un florero

    Me dijeron que eso de narrar en tercera persona es de cobardes. Qué sé yo, pero bueno. A la hora del brunch llevé mi culo al bistró. Aunque para mí el brunch no tiene hora. Brunch, qué palabra más ridícula. Muy bien puede joderse la hora del té. En fin, al bistró, en el bistró, la mesa de siempre, incómoda en todo su esplendor.
    Pedro se acercó, con la mancha de mostaza que no sale del delantal, el bolígrafo en la oreja, "hola ¿espresso igual o pa' después?", espresso pa' después. Los ejecutivos absortos en sus iPads, en sus Macbooks Pro (¿o es en sus Macbook Pros?), comiendo inercia.
     Entrada: un coñazo en la rodilla y ensalada césar con pollo. Plato principal: milanesa con arroz porque soy aburrido. Bebida: el agua que me traje. Postre: ninguno porque no me alcanzó. Un libro de Chaparro Madiedo que no he empezado a leer porque ya no soy un lector acérrimo. Con un cuarto de milanesa fría y muerta en el plato no llegan las ganas de abrir el libro. ¿Desde cuándo esta pereza? Y fue en la mitad de esa pregunta en la que, por suerte o mala suerte, subí la cabeza. La vi por la mitad, con la oreja llena de piercings y un tatuaje en el hombro, la vi por la mitad detrás de un florero.
     Bebía un blend sin azúcar, así lo decidí porque no encontré las bolsas en la mesa. Lamía el vaso antes de cada sorbo. La sombra de sus párpados era un abismo parlante, invitándome a morir. Miraba hacia abajo, lamiendo y deslamiendo su té. Una tarta de chocolate que había olvidado probar. Un cenicero prohibido porque afuera ya no se puede fumar. Nunca antes una mujer con una flor en la mitad de la cara me había cautivado así. Así, sentada, con un mechón absurdo tocándole la nariz. Quise gritar, como los locos en la calle cuando recuerdan que pueden amar.
     Dejó el blend. Se incorporó un poco en su silla, sonaron sus tacones. Algo subió y apareció por detrás del florero, al lado de los girasoles. Un libro de un tal Kundera. No sé quién es, pero quise leerme todo lo suyo en un balcón. ¿Será que narra en tercera persona? Se reía sola, sola hacia sí misma, sola y muda, y volvía a lamer el borde del vaso. Una brisa insolente se paseó por la terraza del bistró y con su ola movió los girasoles del florero y con ellos otros mechones de su estúpido cabello se arrastraron por su cara. Creo que me enamoré en ese momento. No sé si de ella pero sí del suspenso, de su voz imaginada y de las manos que nunca me tocarían. Quise acurrucarme en la noche de su cabello y cogerme a las estrellas.
     Abrí la tapa del libro para hacerme el interesante y una taza blanca invadió mi mesa, un clank y "el espresso pa' después" dijo Pedro. Abrí la tapa del libro, eché tres azúcares al café. No pude leer. En mi periferia vi su cara subir, su ojo mirando al frente. Maldito florero. No pude evitarlo, tenía que conocer el dolor de ver su otra mitad. El Dios que no existe creó un color nuevo en su ojo, y todo el bistró se hizo blanco y negro, como si Dios fuera Godard.
     Sonó alguna canción ahogada desde su mesa, el teléfono móvil llegó a su oreja. Pedro le dio la tarta para llevar, volví a escuchar sus tacones, listos para escaparse corriendo o tal vez caminando desde la sala hasta la terraza del bistró, listos para dejarme muerto. Bolsa al hombro, cabello en la cara, un olor que me inventé y que me llegó para recordarla unos días. De mi plato muerto salta con el viento un grano de arroz, y ya no puedo ver nada. Salió, sin percatarse nunca de mi existencia, con su ropa negra, matándome con su olor que me inventé. Asesina hermosa de media cara de girasoles, matona. Absurda abusadora violadora de paz.
     Me hace reboot el ojo y ahora puedo ver en 360p, borroso como el mañana. Se fue con su libro en la manito, a comprar algo, tal vez a su casa, quizás al Metro. Se fue, tal vez, a los brazos de alguien; y eso me dolió. Desde la terraza del bistró dejé de verla, y la hora del brunch cobró cierto sentido. Me llevé el espresso a la boca, estaba frío. Pero es mi culpa, ¿y qué hago? Si jamás me había pasado algo así. Lo más cercano había sido el asco que sentí en mi primer beso, a los ocho años, cuando la hija loca del amigo loco de mi papá me cogió la cara y me lamió por todos lados.

De ahora adelante en esta terraza las cosas se sirven frías. Como el café. Como la brisa de la noche que jamás oleré en su cabello.

Abrí el jodido libro. Comencé a leer. Narrado en tercera persona.

Desde hoy en esta terraza las cosas se sirven frías, se toman frías, como el desamor de los cobardes a la hora del brunch.

jueves, marzo 01, 2012

Rímel en las ojeras

De esas mañanas ansiosas
días ansiosos
lo extraño todo, pero no tanto

Uñas de negro, una cadena en el cuello
besos en los cuartos de máquinas

Cigarros escondiéndose en el bolsillo más lejano
en la arruga más negra de nuestros morrales
huyendo

No se quieren quemar

Un ventilador blanco en un techo blanco
en una película independiente

Películas independientes que nos gustan
por las paredes y los muebles

Un delineador clavado en el corazón

De esas mañanas ansiosas
con lágrimas de rímel en las ojeras
lo extraño todo, bastante, tanto

Discos compactos rotos en el alma

De cuando hablábamos mal inglés

Cuando aprendíamos a tocar guitarra con el radio

Cuando nos dolían las vidas
con excusas suficientes

lunes, agosto 30, 2010

Bailando en el pogo

    Toro, en la ventana de la cocina ya no puedo fumar, mi abuela dice que no fume, dice que mejor no fume, que eso jode. Que no fume en la ventana de la cocina, ¡coño! Aquél día fumamos escondidos porque mi abuela estaba viendo la novela, y mi primo también estaba allí y fumaba como bobo y chupaba y soltaba, chupa-suelta. Y nos íbamos a la computadora a ver videos y bajar música y yo le mentaba la madre a la computadora y le daba coñazos al monitor porque era muy lenta. Toro, esa computadora la regalé, después me dieron otra, pero era igual de mierda. Hace unos días se me dañó, pero como tengo una portátil no me importó mucho. En esta ya no veo porno porque se me pone lenta. Aquél día viniste con los pantalones camuflados y cuando saliste del metro te metiste la pieza del septum pa' dentro y te volteaste el suéter de NoFx que tenías porque creías que los malandros te iban a apuñalar. Por punki. En especial te cagaste por el septum porque se veía bien comegato, y te cagaste y mi primo y yo te dijimos que te dejaras tu vaina tranquila, que no iba a pasar nada. Ese día los busqué en el metro porque si les explicaba cómo llegar no iban a saber llegar.
 
    Ahora tengo que irme a las escaleras a fumar y si me ve la conserje tengo que bajar porque sino se arrecha, pero es que me da ladilla bajar. Toro, mi primo sigue sin tener novia. Yo no sé pa' qué te viniste con suéter. Mi abuela no se acuerda de ti, pero si todos nos vestíamos igualitos qué se va estar acordando mi abuela de ti. Si te hubieras dejado el piercing del septum afuera yo le diría... le diría abuela es el del piercing de la nariz. Me acuerdo cuando te tatuaste una estrella en la pata, ya no me acuerdo en cual pata fue, y yo te dije sí qué arrecha marico, pero no me gustaba. Y cómo te decía que no me gustaba, no podía, eras mi pana, pero te lo digo ahora. Bien fea tu estrella.

    Y después de ver videos y escuchar canciones nos íbamos a la cocina otra vez pero no a fumar. Y vimos unas palomas en los adornos del edificio que estaban frente a las ventanas de las cocinas de los apartamentos. Que eran así como unas columnas horizontales raras, y no sé cómo explicarlas. Y se nos ocurrió joder un rato a las palomas y cogimos un plátano y lo picamos en pedazos. Y se las empezamos a lanzar, y nunca le pegamos a ninguna. Mierda, éramos malos pa lanzar güevonadas. Entonces creo que fuiste tú o mi primo el que lanzó una que se quedó pegada en la columna, coño qué risa. Recuerdo estar tristes al mismo tiempo... y nos cortamos, Toro ¿te acuerdas de esa vaina? Me pasaste una foto y tenías cortadas en brazo, y yo me hice el duro para darte aliento, pero yo también me había cortado, Toro. Primero desarmando la afeitadora de mi tía, luego de verdad verdad. ¿Esa vaina es el pink tax?

    Toro ¿te acuerdas cuando estábamos en el Nuevas Bandas? Teníamos tiempo sin vernos, y me preguntaste si los de Pornomotora eran una vaina pangola, o creo que más bien me dijiste que estabas tocando con una banda que no era pangola. Pero nos sentamos en las gradas de la Concha de Bello Monte, y tocó Pornomotora, qué arrecho fue. Y después los de Porno se fueron a las gradas a ver las otras bandas y los saludamos y ellos estaban vueltos mierda y cuando les dijimos que nos gustaba burda la banda se rieron con su acento colombiano y nada más me acuerdo de la cresta del pana que era como rosada y... me está costando respirar. Toro, no me acuerdo de las otras bandas. Mi primo también estaba, él fue el que me avisó.

    Hace unos meses me asomé y el pedazo de plátano todavía estaba pegado en la columna. Hace unos días me volví a asomar, pero ya no estaba el plátano. No te vi más después del Nuevas Bandas. Una noche te conectaste y vi tu ventanita apareciendo en la esquinita de abajo del monitor, te quería contar una vaina pero me dio ladilla mover el ratón. Y en la mañana me llamaron y yo dije mierda quizás un reencuentro, aunque no habían pasado sino 2 años. Y no, no era un reencuentro.

    Toro, cuando puedo me acuerdo de ti, ahora bailo en los pogos y me acuerdo de ti. Toro, esa mañana me llamaron y me dijeron lo de los doce pisos. Y yo colgué la llamada y seguí en lo mío, y al mediodía comencé a llorar, lloré muchos meses. Tu mamá nos echó, nos dijo que te viéramos y nos fuéramos. Y yo no me quería ir. Y nos echó y más nunca te vi, y no te visité. Toro, le estoy tirando plátanos a las palomas.